Palabras sobre los exámenes

Autor: Deodoro Roca (*)

¡Exámenes a la vista! Bolilleros, más bolilleros… ¡Con sus inconfundibles dispositivos de juego! Como todos los años, vuelve a las sienes juveniles el presuroso latir de los días de examen, sobrecogidos, azarosos. Días de palideces, fiebres y vagas iniciales exprimidas por el tiempo implacable y premioso. Se ahoga en ellos la risa y la canción. Una emoción indefinible, angustiosa, serpentea en el pecho. Novia desvanecida. cine misterioso y lejano, guitarra colgada en las paredes de la pensión, charla encapotada, parque sellado… Afuera, rumores y perfumes estremecidos. El deseo se hincha y toma con el breve ritmo de un seno. Dulce vagar, recogido y enrollado. Guardapolvo y texto. Tardes de noviembre. Exámenes. ¡Lotería, lotería!
El alumno acude con su número. No siempre saca premio. Hay que pasar de alumno a médico, a abogado, a ingeniero… Y se aguarda nerviosamente la aparición de un bedel (todos los que preguntan son bedeles). Es como llegar a un alero y sostenerse ahí. 0 caer y -moralmente- descalabrarse. Alguien no cae. Pero con toda valentía se mata en el mismo alero. Es lo mismo que llevar al alumno al filo de una roca y -como Satán a Cristo- decirle: “Todo esto será tuyo si me respondes a estas preguntas, si tienes suerte con estas bolillas desde donde te miro-.
El alumno mira la irreal riqueza que se le muestra, y entrega, por ese falso botín, su alma indefensa y simple.
Lo humano, lo verdaderamente humano, sería irle apuntando, a lo largo de su vida de aprendizaje, qué cosas y qué ideas no “parecen” convenirle; qué cosas y qué ideas le serían de fácil adquisición… El problema del adiestramiento, la elección del trabajo fértil, el de la educación “total”, en suma es el que debiera mantener alerta la mente de los maestros. Por eso lo recuerdo en estos días pesarosos, ya que el examen debiera quedar catalogado -para siempre-, entre los “Juegos prohibidos”, en defensa de la inteligencia.
La culpa -lo sabemos- no es de tal o cual profesor satánida. Es de tal o cual sistema. De un “régimen” de enseñanza que no es la superior, ni la inferior, y ni siquiera la doméstica o la oficial, sino toda la enseñanza contando con raras excepciones. Toda la enseñanza -expresada así en el vetusto examen- está fraguada apuntando al éxito. Hace depender de un éxito, de una buena jugada, a veces toda una vida. Y nada debiera depender de él mientras se ofreciera como un desafío en el que nunca el alumno suele elegir las armas y el terreno. Mientras se presente como premio a unos momentos de feliz gimnasia. Y ni siquiera de gimnasia mental, sino mecánica. 0 como “recompensa” a una prueba donde innegablemente intervienen factores tan extraños al conocimiento como lo son la audacia, la agilidad memorativa, la seducción verbal… Y lo grave es que esos factores siguen conformando más tarde la mente y la acción de sus beneficiarios. Y se hacen jugadores para toda la vida.
Las pruebas de un alumno deben durar toda su infancia, toda su adolescencia. Y unos años, no unos minutos; unos años durante los cuales deberá escoger por sí mismo su texto, después de haber averiguado -o al tiempo de averiguarlo- su preferencia, su afición. Años en los cuales por sí mismo -en vista de una tradición doméstica o un prejuicio confesional- ha de enfocar sus posibilidades por un único desfiladero. Porque llega un momento en la vida de los padres -y llégase muy pronto frente a la vida de los hijos- en que es preciso ceder terreno en el culto de la obediencia y de la disciplina, tan útiles siempre a nuestros mayores. Han de pensar en irlas sustituyendo por otras: ¡por la independencia y la acometividad tan molestas siempre a nuestros mismos mayores! Y si estas virtudes -las verdaderas, las positivas- llegaren en su leal desarrollo a destruir la obra incipiente del padre o del maestro, poco importa.
Una vida exige rumbos nuevos. La verdadera educación -muchas veces lo leímos, pero pocas lo vimos practicado- es tanto como ensayo de desarrollar la atención, el deseo de comprender, el respeto a lo que comprendan, deseen y digan los demás. Rigor para sí, justicia para los otros. Atención para todo y para todos. La verdadera educación, la formación que ella anhela, debe ser siempre abierta. Y no debe fomentar la fe, sino la duda; no la credulidad, sino la oportuna y desnuda pregunta.
La falsa educación -y entiendo por educación la formación integral-, la que tiene en su heráldica el examen, la educación juego, azar, “lance”, ominosa aventura, se nutre necesariamente de respuestas oficiales a preguntas más “oficiales” todavía. Se nutre -como dice Jarnés- de diálogos preconcebidos. Se nutre de premios y castigos, bárbaramente llamados “estímulos” (hablo de barbarie educacional). Conforme observa Bertrand Russell, va concebida “como medio de adquirir un poder sobre el alumno y no de favorecer su futuro desarrollo”.
La falsa educación -¡toda la nuestra!- reposa en una cabal falta de respeto al discípulo. Nadie respeta al discípulo. La piedra milenaria del examen, parada estos días a la puerta de los establecimientos educacionales, así lo denuncia. Hay que respetar al hombre que llega, indefenso, al mundo. Hay que ser con él más solícito. Hay que respetarlo mucho más profundamente que al hombre de itinerario ya en marcha o acabado. […]
¡Menos loterías, señores profesores! Los exámenes, las verdaderas pruebas -aunque así se llamen-, deben cifrarse no en las respuestas de los discípulos, sino en sus preguntas. De la desnuda y oportuna pregunta del discípulo debe inferirse su curiosidad su capacidad, su aptitud, la calidad de su espíritu, su grado de saber y su posibilidad. La única relación legítima y fecunda que debe trasuntar un examen que aspire a salvarse es la de un discípulo que pregunta y la de un “tribunal” que responde. ¡Son ustedes los que deben “rendir”, señores profesores!
Mientras esto no ocurra, se seguirá oyendo en escuelas, liceos, colegios y universidades las dramáticas y fatídicas palabras del “croupier” docente:
-”¡No va más!”

(*) Deodoro Roca (1890-1942) fue el principal ideólogo de la Reforma Universitaria de 1918. Él redactó el célebre “Manifiesto Liminar” con que los estudiantes expusieron al mundo las razones de su levantamiento en nombre del “derecho sagrado a la insurrección”. Deodoro tenía entonces 28 años de edad.

El 15 de junio de 1918 sus compañeros irrumpieron en el rectorado dando inicio a la huelga general. Más tarde, el 9 de septiembre, 83 estudiantes clandestinamente organizados tomaron por asalto la Universidad de Córdoba. Fueron reprimidos y encarcelados por policías y soldados del Regimiento 13 de infantería y 4 de ingenieros. Inmediatamente los estudiantes insurrectos recibieron el apoyo de los sindicatos obreros. Muchos de los manifiestos conjuntos de obreros y estudiantes (en defensa de la Reforma Universitaria, en apoyo a la huelga del calzado de 1918, en repudio a la “semana trágica” de 1919) se redactaron en el local de la Unión Obrera de Córdoba o en la casa de Deodoro.

En 1920, por iniciativa estudiantil, Deodoro Roca fue nombrado profesor titular

de “Filosofía General” en la Facultad de Derecho de Córdoba. Como en los ‘60 harían Herbert Marcuse, Charles Wright Mills o Henri Lefebvre, en los ‘20 y los ‘30 Deodoro intentó defender el rol protagónico de la juventud. Para ello, se esforzó por conjugar a Marx con Freud y Nietzsche.

En 1920, promovió la supresión del doctorado. En su opinión, “el título de doctor no hace otra cosa que satisfacer la vanidad de los mediocres“.

En 1925 fue fundador de la filial Córdoba de la Unión Latinoamericana. Desde allí condenó al imperialismo en muchísimos actos políticos. Adhirió a la revolución bolchevique de Lenin y Trotsky, cuestionó a Stalin, desde sus revistas Flecha y Las Comunas encabezó campañas en defensa de la revolución española y en contra del fascismo, se solidarizó con Sandino, con Sacco y Vanzetti, y defendió jurídicamente a muchos presos políticos.

Al igual que hoy sucede con la metamorfosis del profesor Juan Carlos Portantiero, quien cambió el fósforo por la manguera, en tiempos de la Reforma universitaria Leopoldo Lugones había transitado el mismo itinerario. Lugones había escrito en 1896 “Paso a los jóvenes”, una encendida defensa de la revuelta del estudiantado. Era la época en que vociferaba, desde La Montaña, “contra los reptiles burgueses”. En 1918 Lugones apoyó a los estudiantes de Córdoba. Más tarde, al igual que Portantiero, el Lugones maduro terminó su vida haciendo apología del “orden”, de la “disciplina” y de “la autoridad”. Entonces declaró: “un hombre equilibrado e inteligente pasa por tres estados: a los 18 años rompe vidrios, a los 30 debe poner vidrios, a los 40 fabricar vidrios. Defendiendo a los estudiantes, Deodoro Roca le salió al cruce. Lo llamó, irónicamente, “león de alfombra”.

Deodoro falleció en 1942. Al poco tiempo se mudó a Córdoba un adolescente por entonces desconocido, Ernesto Guevara, quien –amigo de Gustavo Roca, hijo de Deodoro- incursionó en la biblioteca de Roca durante su juventud…

Cuatro décadas antes de la consigna del mayo francés [Examen = servilismo, promoción social, sociedad jerarquizada] y adelantándose a las críticas que Michel Foucault realizara en Vigilar y castigar, Deodoro Roca prolongó el ideario de la Reforma Universitaria cuestionando la institución del examen. Esa misma que hoy muchos enarbolan en defensa de la autoridad, la disciplina y la “normalidad de las instituciones”.

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